La "auctoritas" no vive en los palacios

 


El viernes, día en el que mis vecinos musulmanes me saludan cuando van camino de la mezquita, quedo a las siete para engrosar las filas de una mani a favor de la sanidad pública. Somos los de siempre: la generación movilizada que fracasa o la fracasada que se moviliza. Estamos más cerca de ser usuarios intensivos de Osasunbidea que del Sadar. Aún no nos apoyamos en bastones y nos reconocemos, eso es la leche; rejuveneces y hasta te fumas un piti solidario. Como somos maniadictos, las potestas de turno no tardarán, al paso rápido que vamos, en prohibir bastones y muletas en las manis; serán consideradas armas. Me parece un derroche de pasta el envío de dos o tres camionetas de las fuerzas de seguridad nacional. Mejor unas ambulancias medicalizadas.

Fernando señaló a uno en «triciclomóvil». Me dio pena. El tío paró, se bajó y cogió el teléfono que llevaba en una mochila colgada del respaldo. Pensé en un milagro, pero no. Se puso en posición bípeda sin alzar los brazos al cielo. Eso es muy importante porque te permite mear cuando la próstata aúlla, lo que, quieras o no, es muestra de humanidad.

Las manis me siguen gustando por lo que tienen de lugar de encuentro y de ejercicio físico. Osasunbidea recomienda una mani al día. Es mejor que ir a misas o a mítines; puedes hablar, cambiar de sitio, abrazarte y hasta gritar y cantar contra alguien, contra algo o dar unos ora pro nobis al del megáfono. Donde estén las manifestaciones que se quiten las procesiones, hasta esas a las que va la corporación en Cuerpo de Ciudad y con Espíritu de Palacio. Algo ha cambiado: antes, durante la dictadura y su transición, los que sustentaban el palio, el hisopo y el bastón de mando eran mayores que nos; ahora, cosas de la vida, son más jóvenes.

La manifa, como tal, terminó frente a la fachada del Ayuntamiento, a los pies de la diosa Fama, con un responso a la sanidad pública muy aplaudido por la concurrencia, no así por los que estaban en las terrazas de los muchos bares de ese lugar y que antes no había (el capitalismo, en la capital, se capitaliza; va por ti, admirado Karl). Ayudé a recoger una pancarta sobre la endometriosis que habían portado las juventudes de Iruña y, cuando me disponía a reagruparme con los amigos con los que empecé la manifestación para disfrutar del tercer tiempo, me di cuenta de que seguimos pidiendo lo mismo que cuando íbamos corriendo. Ahora, con gobiernos que no son de derechas, resignificados en no sé qué progresista, nos vemos en las mismas.

Ya en el bar, les comenté a mis amigos que hemos perdido todas las batallas en las que nos hemos metido, que igual hay que cambiar el motivo porque los anteriores y los presentes dan respuestas parecidas. Seamos realistas, saltemos la utopía y caigamos en el absurdo. Hay que resignificar los problemas para darles a las autoridades la oportunidad de pasar a la posteridad. De perdidos, al Arga. Pidamos pompas fúnebres públicas y tanatorios gratuitos. Estoy harto de acudir a velatorios de pago, incineraciones a doblón y enterramientos con cita previa y fecha de caducidad. Hay que reivindicar enterramientos sostenibles, en plan Agenda 2030. La vejez es carísima. Nos ofrecen trasteros residenciales a doblón, contenedores orgánicos barnizados a precio de chuletón y luego, una vez encapsulados, hay que pagar la zona azul, naranja o roja en Beritxitu. Es difícil que te dejen morir en paz e imposible que el Ayuntamiento de Iruña te empadrone para siempre en esa necrópolis que tiene frente a Sanduzelai. A nuestros deudos les vamos a dejar las deudas de un muerto que se manifestó día sí y día también, pero un tanto egoísta.

¡Doako ehorzketa! Y con orquesta.



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