Primer sábado de junio

 



    Seis del seis del veintiséis. Puede que Satanás o el Anticristo, como quiera que se llame, hoy tenga su día para hacerse visible.

    A eso de las once voy a Elkarri Laguntza a pasar el día. El mercadillo de ropa de verano, con su correspondiente barbacoa y comidas del mundo, es una tapadera. El asunto es disfrutar de la amistad y hacer un paréntesis festivo dentro de la pelea diaria por sobrevivir. Es sorprendente con lo poco que se puede montar una fiesta en el mismo sitio en el que se recogen alimentos y ropa, se formaliza la regularización o se pasa el rato para matar el tiempo. No somos tantos como otras veces; el Papa no ha reducido la asistencia de los potenciales asistentes, pero sí los numerosos puestos de la gran recogida de alimentos. A las chistorras, pancetas y demás derivados del cerdo les acompaña el pollo en distintas presentaciones, arroces con verduras, pescados y platos de cuyo nombre no me acuerdo, pero que estaban buenísimos y de los que los musulmanes daban buena cuenta. Los postres de maravilla y la sobremesa llena de esperanza.

    Las regularizaciones ya están dando frutos. Unos cuantos chavales están trabajando con contrato. Hay demanda de soldadores, fontaneros, albañiles (Al-banni, "el constructor"), pintores... Se respira optimismo. Las compañeras que están llevando el papeleo de la regularización están contentas. Cuando les pregunto por el número de solicitudes que llevan, me responden que no saben, pero que son muchas.

    Los que han comido dejan libres las mesas que hay debajo del techado y van a charlar al patio. De los diez o doce que hay, solo fuma uno. No consumen alcohol. Una paloma picotea en el suelo las migajas que han caído cerca de nuestra mesa. No se espanta ni cuando Mustafá se acerca a ella dando palmadas. «Tiene hambre y viene a Apoyo Mutuo, como yo», me dice sonriendo.

    Tres muchachos rodean a Karim. Está temblando y apenas puede sujetar el Ventolín. Tiene mala pinta. Karim tiene un cáncer de pulmón que no ha mejorado con la quimio. Es alto y flaco. Nunca se desprende de su mochila negra; en ella lleva todas sus pertenencias. No quiere que llamemos a la ambulancia porque se lo llevarán. Quiere estar con nosotros. Miguel llama a la ambulancia y tiene que contestar a un montón de preguntas. Eleva el tono de voz para resumir que el cáncer le tiene cogidos los dos pulmones y que ahora está muy mal.

    A los veinte minutos se presenta en el patio un señor de cierta edad con un uniforme fosforito. Dejo de tranquilizar a Karim y me aparto para dejar paso al uniformado. Se queda a dos metros de donde estamos y nos dice que hay mucho ruido y que lo llevemos a la ambulancia. Cuando se da la vuelta, podemos leer en su espalda: MÉDICO. Entre dos lo llevan a la ambulancia y se quedan fuera. Al rato, Karim sale como entró y vuelve con nosotros. Se sienta al sol y sigue temblando.

    Avanza la tarde y la gente se va yendo. Quedamos pocos. Tere llama al albergue para que acojan a Karim. Le responden que está castigado y que no le acogerán. Hace unos días llegó borracho con ganas de bronca.

    De vuelta a casa me encuentro con unos muchachos que, después de estar en el Eroski, iban a debajo del puente. Pongo la radio y sale lo del Papa. Cambio de emisora y lo mismo. Apago la radio.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Vivir 365 días

¡NO HABER VENIDO!

Bolas colgadas de un pino