Más ducha y menos perfume
En casa no teníamos frigorífico, teníamos una fresquera debajo de la ventana de la cocina. El invento era una especie de alacena del grosor del tabique con ventilación a la calle. Las cosas había que comerlas lo antes posible porque, sobre todo en verano, se pasaban echando leches.
Los malos olores eran el de podrido y el de mierda en lo referente a cosas sólidas; al del agua le llamábamos corrompido o de desagüe y también, aunque más raro, de batueco. Santiago, el tío de Javier, el de la Juliana, que como trabajaba en la desinfección usaba palabras muy raras tipo “desciegue”, hablaba de olor a cloaca. Estas fragancias eran parte consustancial del ambiente humano y convivían con el olor a limpio y el extremo de “a lejía”. Como no teníamos mascotas, el “eau de fiemé”, el aroma animal, era propio del pueblo.
Cosas de pasar horas y horas de monaguillo, oír sermones y palabras de Dios, siempre que escuchaba las parábolas de algún ciego, me acordaba del tío de Javier, que, como Jesús de Nazaret, descegaba lo suyo. Yo me veía a Santiago de Sangüesa como una especie de Ananías de Damasco.
Mira que ha llovido y granizado desde que nos limpiábamos el culo con El Pensamiento Navarro, pero los frigoríficos democráticos no han funcionado y los ambientadores de las elecciones han seguido ocultando la podredumbre. Nos vendieron la transición como un producto que iba a a acabar con la corrupción y lo que nos metieron fue el tren de los conservantes de la dictadura. Algunos miembros de instituciones del poder civil, militar, judicial, eclesiástico, regio y empresarial siguen ejerciendo de proxenetas en la semiclandestinidad y se ciscan donde ven guita. Todos los estamentos tienen corrupción de la que no se enteran hasta que el pedo, el tufo o la aparición de otro más ladrón los deja en cueros.
Hoy, las manos Impías denuncian ante el juez Soez, este contacta con el guardia civil Vil, habla con el fiscal Tal, se lo chiva al partido Ido y al periódico Kiko que publica el bulo hasta que le joden el orto al más pintado. También puede aparecer el cardenal Pascual que no da fe de nada. Menos mal que Santiago de Sangüesa aparece de vez en cuando para sacarnos de la ceguera.
Visto lo visto, que huele a podrido hasta la náusea, como cuando no teníamos nevera, seguiré cagándome en sus muelas y me seguiré limpiando el culo con el papel menos oropel.
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