¿Dónde te enseñaron eso?

                                                           


En la dictadura la escuela era considerada un campo de instrucción militar donde adoctrinar a las criaturas. Con la democracia del 78 la escuela es utilizada para evangelizar, a salto de mata, sobre aspectos morales. Cuando violencia de género, revisionismo histórico, racismo, acoso, aporofobia, destrucción del entorno natural... saltan al primer plano porque "socavan" los valores que nuestra sociedad ha encofrado desde sus cimientos, las instituciones, como es más fácil predicar que dar ejemplo, se acuerdan de la escuela y montan un programita.

Esto viene a cuento de la nueva Ley Foral de Víctimas de Terrorismo que se completará con su "novedosa" mejora y ampliación de programas educativos como Eskutik o Escuelas con Memoria por la Paz y la Convivencia. Todo en la línea habitual de poner el acento en la educación. Es de suponer que las personas que elaboran la nueva ley no solo pretenden arreglar los desajustes de la actual­ -me parece estupendo- sino que, además, van a establecer un plan de mejora del currículo educativo. Bien es cierto que las mejoras suelen ser de redacción, decorado, presupuesto y publicidad; pero con esa actuación, los legisladores metidos a pedagogos ponen la sospecha en la escuela. Asunto este que algunos lo utilizan para culpabilizar al profesorado de todos los males presentes, pasados y futuros.   

Esta simplificación de encargar a la escuela la misión de educar en valores por un programa ad hoc, cuando la sociedad no los practica, es de una ignorancia rayana en la estupidez y de una hipocresía propia del fariseísmo patrio que nos invade.

La escuela no es un templo aislado del mundanal ruido. Es un órgano vital del cuerpo social que sufre, a parte de las suyas propias, las enfermedades de otros tejidos y sistemas que conforman la vida social, económica, política y cultural. Hacer modificaciones en los contenidos curriculares es un placebo de libro.

Es imposible que un ambiente carente de honestidad, respeto, equidad... mute en la escuela porque lo pone en un folleto, teatrillo, sermón, diálogos con personas afectadas, talleres de expertos, podcast o un día D. Los prebostes de turno se fían tan poco del profesorado que llenan las escuelas de trabajadores sociales, mediadores, orientadores, policías, enfermeras, penados del fracaso escolar, dinamizadores culturales y soldados sin graduación que completan la formación de las criaturas.

¿Cómo un profesor va a mantener el respeto a su persona si el alumnado es testigo, todos los días, del parlamento tabernario o de los desplantes a un árbitro? No podemos pedirle a la escuela que eduque en valores cuando las inmoralidades son festejadas.

Si la escuela fuese tan potente, nos podían decir, para reclamar defectos de producción, dónde coño se educaron los voceros racistas, insolidarios, cultivadores del odio, misóginos... No pasaría nada. Los colegios se lavarían las manos y dirían que el material que recibieron era defectuoso.

Recomiendo a los legisladores la lectura del poema EDUCAR de Gabriel Celaya.

Gracias al profesorado compendio de marino, pirata, poeta y con kilo y medio de paciencia concentrada que hace posible que sus alumnos y alumnas sobrevivan a las tempestades.

La paciencia la tiene que tener para con las instituciones.

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