¿Monumento antifascista?

 



    


    Cuando, ante la disyuntiva de tumbar o de que siguiese alzado el Monumento a los Caídos, surgió la de resignificar -ni frío ni calor, cero grados-, no tuve ninguna duda de que el tema pasaba al campo de la semántica, de la parapsicología y del recurrente histórico de la educación como limbo.

    Con el título del artículo de Ramón Contreras, "Monumentos incómodos y pedagogías antifascistas", me dio un apechusque. Adjetivar el monumento como "incómodo" lo pone al nivel de un mal sofá al que terminas adaptándote por falta de dinero. No es un monumento cualquiera: es el más grande y alto de la ciudad. No es una estatua ecuestre que evitas cerrando los ojos o no pasando cerca. Preside Pamplona las 24 horas del día y para mucha gente (turistas incluidos) es un orgullo y una felicidad que "incomode" o humille a gente contraria al fascismo y, sobre todo, a las personas próximas a las víctimas. Respecto a la "Pedagogía antifascista", entendiendo su intención, me resulta un tanto antipedagógica y de urgencia por el momento que atravesamos. Creo que es más acertado hablar de una educación democrática y desarrollar en el texto sus características de inclusiva, equitativa, centrada en el bien común, científica... siempre y para siempre. Mi experiencia me dice que educar "anti" es jodido, por no decir contraproducente; a menudo consigue el efecto contrario.

    Releyendo el artículo, no me cabe la menor duda de que somos la requetepanocha y de que no nos torcemos el tobillo, nos lo retorcemos. Vivimos en una hipérbole dialéctica que nos aleja de la realidad. Esta resignificación es una requetesignificación del monumento que nos lleva a una revalorización del mayor monumento requeté.

    Teniendo claro el motivo del monumento y lo retorcijones que produce, Ramón pide al profesorado que le cambie el significado para que pueda ser digerido. En ningún momento plantea o desarrolla el método pedagógico a implantar para que el milagro significativo se produzca y se entre en el campo de la materia y no en el del pensamiento simbólico. Eso sí, sostiene que: "Un monumento que fue erigido para glorificar el fascismo puede, bajo una intervención crítica, convertirse en prueba material de ese mismo fascismo. Cambia la forma en que se lo mira y se lo explica"o "Mantener un monumento desactivando su significado original no es un acto de indulgencia con el pasado, sino todo lo contrario. Es obligar a la sociedad a convivir con su herencia sin edulcorarla".

    La pena es que no dice en qué consiste la "intervención crítica", la desactivación de su significado o el "si se abordan con rigor" del segundo párrafo. Ni siquiera nos remite una propuesta curricular general y escalonada sobre el nacional catolicismo en Navarra. Tampoco explica la fórmula, el algoritmo, que nos lleve a una sociedad crítica con su pasado.

    La escuela, el sistema educativo, por si sola no es capaz de cambiar nada que la sociedad no quiera cambiar. Desde el 78 hasta la fecha no hemos logrado que el alumnado que cursa la enseñanza obligatoria tenga una opinión argumentada sobre la república y el franquismo. Y ahora, con la que está cayendo a nivel social, el pin parental que luce la derecha y las denuncias al profesorado, como para que en las escuelas e institutos -donde hay profesorado de todos los colores políticos- se pongan manos a la obra de la resignificación sin medidas de seguridad y protección.

    Antes de justificar el mantenimiento del Monumento a los Caídos por su supuesto valor pedagógico para una educación democrática, no estaría mal que su partidarios propusiesen colocar en todas las escuelas la misma placa que luce la desapercibida fachada de la antigua Escuela Normal de Pamplona en honor a los 32 maestros y una maestra que fueron asesinados por los sublevados. Tampoco estaría de más un monumento, en sitio visible, a los más de 400 maestros y maestras fusilados y represaliados por el fascismo en Navarra.













  









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