La pizarra ya no sirve
Tengo cita en el centro de Salud. Como está muy cerca salgo un cuarto
de hora antes por si los que van delante fallan. Cuando voy a cerrar la puerta
suena el móvil. Es un teléfono sin nombre. No lo cojo porque la conversación se
me cortará en el ascensor y no quiero quedar mal. Ya en la calle decido llamar.
No me coge. Cuelgo antes de que me endosen unos céntimos por dejar un mensaje.
¿Qué mensaje le voy a dejar si no sé quién es? No suelo llamar a números
desconocidos, pero como espero una llamada de un compañero de la PAH, me ha
parecido oportuno hacerlo.
Saludo
al administrativo que está detrás del mostrador con la mirada fija en la
pantalla del ordenador. Me responde sin mirarme. Me siento en una de las sillas
que hay en el pasillo de espera, delante de la puerta de mi doctora. Cuento
siete personas de distintas edades y de distinto color de piel que están
atentos a la pantalla de su teléfono. Un matrimonio musulmán y un niño de unos
siete años son los únicos con mirada libre. Los cuatro que han ido llegando han
desenfundado su móvil para enredar. Suena mi teléfono. Es un SMS del taller
recordándome que he reservado hora a las
doce para una revisión. Van llamando y para cuando me toca ha transcurrido
media hora
Mi
doctora, un cielo de mujer y con más paciencia que una maestra de infantil, me
recibe con su amabilidad habitual y se dedica a teclear mirando a la pantalla
del ordenador. Me va haciendo preguntas y anota las respuestas. Al rato deja de
mecanografiar para, con una mirada muy viva, decirme que los datos no son malos.
Corroborando alguna de las cosas de las que hemos hablado me muestra en la
pantalla el historial de mis analíticas.
La impresora escupe tres hojas con los datos clínicos y las
recomendaciones para no subir el colesterol.
En
el pasillo me encuentro con la madre de Pável y charlamos un rato sobre sus hijos,
la vida y el mundo (sobre salud nada). Enciende el móvil para enseñarme unas fotos de Pável en
Bulgaria y una colección de fotos de tartas que suele hacer por encargo. Según
ella, las hace de maravilla. Aprendió repostería en Sofía. Me despido del
administrativo que sigue igual.
Entro
en el coche. Pulso el botón de encendido. Se ilumina la pantalla táctil del
salpicadero. En Rock FM suena Fortunate son de los Creedence. A mitad de camino se apaga la
emisión y suena el teléfono. Descuelgo pulsando en el volante. Es el de la PAH
que ya le han dado cita para el jueves a las once en Bankia.
Meto
el coche en el taller y aparco en una zona de espera claramente marcada. Al
bajarme me percato de que en una gran pantalla figura la matrícula del coche y
el técnico, un tal Javier, responsable del arreglo. Un hombre de mediana edad
me saluda, me pregunta qué cosas he detectado que funcionan mal y anota las
respuestas en un papel sujeto una tablilla. Mira por encima lo que yo le
indico. Me pide que le acompañe para
firmar la entrega del coche. Un muchacho habla por teléfono con un pinganillo,
sujeto con una diadema en la cabeza, sin quitar la vista de la pantalla de su
ordenador. Mientras Javier rellena la ficha en la computadora me explica el
tiempo estimado del arreglo, me indica el proceso para acceder a la compra de
componentes de la marca por internet y me hace un montón de preguntas para
completar datos en la ficha y verificar los existentes. La impresora demuestra
con un pitido el fin de la impresión. Firmo en cuatro sitios y me voy.
Frente
a la parada del autobús hay un panel publicitario muy iluminado. En su parte
inferior hay una tira luminosa en la que aparece, alternativamente, la hora y
la temperatura. En la marquesina, en una pantalla colocada en
la parte superior se resalta el tiempo de espera de las villavesas que tienen
parada. Dos muchachas, sentadas en el banco, muy arregladas, con las uñas de
mil colores, chatean y comentan alborozadas los mensajes. En el autobús se
iluminan dos letreros donde se lee en euskera y castellano "parada
solicitada". Me siento al lado de una muchacha que no deja de teclear en su
móvil.
Entro
en el ascensor. Se ilumina el cinco cuando pulso el botón de mi planta. Pongo
la cazuela al siete tocando el cuadradito de la placa para la temperatura. Cuando
empieza a hervir echo los espaguetis y doy toques en el símbolo del reloj hasta
que aparece el nueve. Aprovecho para meter el tomate en el microondas dos
minutos. La secadora, el lavavajillas, la lavadora y el horno también son
digitales y tienen su ventanita de
información.
Después
de comer me siento en el sofá, enciendo la tele, aparece Rajoy dando un mitin y
me acurruco en los brazos de Morfeo.
Somos digitales. Unos más que otros, por supuesto. Quien es capaz de contarlo es porque lo detecta, porque, como se decía cuando se pensaba un poco, es consciente. Quien no lo es se funde con la máquina haciéndose él también máquina. Describir lo cotidiano nos salva a quien lo relata y a quien lo lee. Eskerrik asko amigo.
ResponderEliminarGracias. Igual somos lo que discernimos cuando vemos.
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