Luang Prabang
Luang Prabang
es una península alargada abrazada por los ríos Mekong y Nan Khane. Su
urbanismo y sus edificios son clara muestra del colonialismo francés mezclado
con el refinamiento oriental de sus construcciones de teca, lo cuidado de sus
templos budistas y, sobre todo, su capitalidad religiosa y política a lo largo
de la historia de Laos. No tiene edificios altos, todo está muy cuidado y se
tiene sensación de paz y tranquilidad.
Pasear por
las calles de esta ciudad es muy agradable ya que, salvo una montaña que tiene
en medio, el resto es llano y con el tráfico desviado de las zonas de mercados,
mercadillos y paseos. Agradable siempre que lo hagas bajo un paraguas a modo de
sombrilla o en horas que no casque el sol. Las chicharras no paran de cantar y
dado que, salvo en las orillas de los ríos, no hay arbolado, vamos buscando la
sombra de los edificios y de las muchas tapias de los monasterios. La humedad
es muy alta y la ropa se pega hasta oscurecerse. Llega un momento que pides al
cielo que caiga agua, pero como hay mucha distancia entre el cielo y la tierra
y las comunicaciones en Laos, a pesar de tanto rezo, no son muy buenas, todo
llega con retraso y normalmente llueve al anochecer. Los monjes con sus hábitos
color azafrán son el arroz nuestro de cada día. Creo que el dicho que se
aplicaba a Pamplona por su abundancia de curas y monjas se le podía aplicar a
esta ciudad, pero cambiando el asunto estacional. Luang Prabang ambiente sano,
monjes todo el año.
Visitando los
interiores del palacio real, en una galería donde estaban expuestos los bustos
de los últimos monarcas, descubrimos al tío que aparece en todos los billetes
laosianos. En nuestro inglés botijero preguntamos si el del billete era el
último rey y en su inglés arrocero nos dijeron que sí. Bueno, pues con eso nos
quedamos; con la idea de que en los billetes de un país comunista figuraba un rey.
Difícil de entender, pero acorde con los tópicos políticos en que nada es lo
que parece, e imbuidos por el espíritu budista que estábamos pillando con tanto
templo y tanto monje, dimos por buena la respuesta. Por otra parte, viendo que
el rollo religioso (incluida su parte económica y de dominio del mundo
irracional) campaba a lo largo y ancho del país y que no se veía un poli, ni un
militar, ni te aparecía el comisario político para controlar tus movimientos,
lo del rey no era tan descabellado, aunque siempre te queda ese punto de
incredulidad. Una vez en Pamplona y con un internet más o menos rapidico
descubrí que el de los billetes no es su majestad, es Kaysone Phomvihane, líder del Partido Popular Revolucionario de Laos y primer ministro de
las República Democrática Popular de Laos. Más vale
que no nos lo pusieron para examen o que no hicimos defensa numantina del
asunto porque habríamos hecho el ridículo. Pero en fin, cosas del inglés que se
habla en el mundo y de la estupidez humana, no la nuestra, la del mundo
mundial, of course.
Paseando
por la calle nos topamos con una escuela y un jardín de infancia de la época
colonial francesa que con un cartel que decía: Clases bilingües. Tenía su
parque reciclado con materiales como ruedas de distintos tamaños y troncos a
modo de pasarelas, su amplio patio y un porche al que daban las puertas de las
aulas, que curiosamente estaban abiertas. Nos acercamos y, como nadie nos ponía
impedimentos, entramos en un aula mientras estaban en clase. Era espaciosa, con
un mobiliario mínimo y pocos adornos en las paredes. Detrás de la muy usada pizarra
portátil dormitaba un perro. La profesora nos saludó con la cabeza y siguió ordenando
las bolsas de los alimentos. Tres críos se acercaron a nosotros sonrientes invitándonos
a contemplar su clase.
No muy
lejos de la escuela, en un edificio municipal, como un gaztetxe, un grupo de
unas treinta chicas recibían clases de danza tradicional. La profesora,
acompañada de dos mujeres que sentadas en el suelo tocaban un xilófono y unos bongos,
marcaba los movimientos delante de todas las asistentes para que luego la
imitasen. Unos muchachos se acercaron a ellas y trataron de distraerlas
ridiculizando sus movimientos. Eran tan patosos que al vernos a nosotros se
avergonzaron y corrieron a esconderse en otro local.
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