Navarra PISA mal por culpa del calzado

 





Vivimos en una sociedad tan obsesionada por la estadística que no tardará en aparecer algún tratamiento farmacológico, a doblón, para rebajar el índice de los triglicéridos estadísticos en el torrente sanguíneo. Tampoco descarto el nacimiento de grupos zen los fines de semana para el ayuno y la abstinencia estadística, o grupos argentinos de personas amantes del fútbol como arte opuesto a las matemáticas. Todo se traduce y reduce a números y escalas. La gente ama de cero a diez y lee mejor un reloj digital que uno analógico. Las cadenas de televisión están llenas de concursos y, por lo tanto, de cifras y puntuaciones. En las calles y plazas florecen carteles digitales que marcan la temperatura, la hora, la humedad, el día y el mes. Ya no nos vale un "hace calor": necesitamos saber la temperatura exacta. Si un cargo político o empresarial quiere dar credibilidad, saca de la faltriquera un montón de datos y, si tiene una pantalla, estampa unas tablas, y lo dicho se convierte en palabra de Dios. En las elecciones, la obsesión pasa de cien a doscientos en un segundo. El PP dice que tiene que gobernar porque ha ganado con un tanto por ciento por encima del PSOE o con tropecientos votantes más que Sánchez. Da igual que la ley electoral diga lo que dice. Las cifras son las cifras y un "cero Zapatero" es menos que nada.

Cuando la LOGSE mandó las notas al carajo y definió el aprendizaje como algo personal, único y sin parangón, la sociedad entró en pánico. La evaluación cualitativa de "Progresa adecuadamente" y "Necesita mejorar" no permitía comparaciones. La gente necesitaba referentes cuantitativos para premiar o castigar. La cosa no triunfó ni entre el profesorado. A mis colegas de escuela les desquiciaba no poder sacar medias y poner listados de notas en el tablero. En algunos centros se inventaron el "progresa plus", el "plus plus" y el "replus". Como todos sabemos, aquello duró poco y volvieron el suspenso, aprobado, bien, notable y sobresaliente. No conformes con la poca precisión del sistema nominal, a los 365 días, para castigar al alumnado que no se esforzaba —vago, torpe y maleante—, se volvió al sistema numérico.

La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) tiene un sesgo neoliberal en política económica y fiscal tan marcado que, con la orgía trienal de datos PISA, nos emborracha a fin de llevarnos, por los andurriales de la rentabilidad económica, al maizal. PISA no estudia los sistemas educativos y no emite informes sobre las características del currículo de cada uno de los países que participan en las pruebas. Al alumnado de quince años no le piden que describa el teorema de Pitágoras: le ponen un problema de densidades. PISA pasa de cultura, metodologías, cualificación del profesorado, convivencia y de asignaturas vitales como el arte, la filosofía o la Educación Física. Sin embargo, los resultados obtenidos por el alumnado en las pruebas PISA sí tienen que ver directamente con el sistema educativo. Las horas que dedica el alumnado a una materia, las ratios, las distribuciones horarias, la desvalorización de la figura del tutor o tutora, la jerarquización de las direcciones, la burocratización... son factores controlables.

Navarra PISA mal porque, según el CEO (Consejero de Educación y Orientador), en las aceras hay baldosas sueltas, fabricadas en el extranjero, que no se agarran al suelo; las peores son las de primera generación. Los jóvenes, como van mirando el móvil, abducidos por las imágenes y el sonido, tropiezan en la lectura comprensiva y caen. La muchachada, con una falta total de civismo, tira todo al suelo y no se puede caminar bien. Luego, como van arrastrando los pies porque no tienen cultura del esfuerzo y van con el culo al aire, la mierda se queda en los pantalones. Con todo eso no hay manera de que caminen como Dios manda.

El CEO, Carlos Gimeno, como todo el Gobierno, tiene claro que la culpa de que el alumnado se haya partido la crisma no es suya. Del informe PISA deduce que, como también se la ha pegado España, Europa, Ganímedes, Orión y Raticulín, la culpa es del chachachá.

Bien es cierto que algo de razón lleva, ya que el Gobierno de Navarra gasta un pastón en el PAI Premium, único en el mundo; pone pizarras digitales y Chromebooks. Para afianzar el PAI, funcionarizó a 352 teachers de inglés y mandó al paro a los de castellano de toda la vida. Ha conseguido que el 99,9 por ciento de la privada esté concertada en todas las etapas y que, en las ciudades donde hay privada, a la pública vaya el 45 por ciento. A petición de los colegios privados concertados y del arco político conservador, no ha suprimido aulas en la privada concertada por mucho que las matrículas hayan bajado y, por tratamiento de igualdad, tampoco en la pública. No ha reducido plazas de profesorado de Religión Católica aunque den la mitad de horas que daban antes. Ha hecho cosas y ha seguido utilizando el lenguaje como maquillaje. Como muestra, tomo el caso de la implantación de una hora dedicada a la lectura dialógica. Muchos pensarán que el horario del alumnado ha aumentado una hora. Pues de eso nada, monada. La clase de Lengua Castellana y Literatura sigue teniendo las mismas horas; lo que pasa es que una de ellas se dedica a la lectura dialógica. ¿Y qué leches es la lectura dialógica? Las criaturas cuentan a la clase el cuento que han leído y hablan, dialogan.

En Navarra, tan pronto podemos decir que tenemos una lengua cooficial como que no. Navarra se divide en tres zonas lingüísticas (vascófona, mixta y no vascófona), que marcan cuatro currículos (A, B, D y G) diferentes en Matemáticas, Euskera y Lengua Castellana.

Hay criaturas que tienen cuatro sesiones de mates y cuatro de LC —Euskera siempre son cuatro— y hay otras criaturas con seis sesiones de cada una.

Abundando en los coscorrones curriculares, tenemos el de la posibilidad de jornada partida o única. Los centros, mediante un referéndum, pueden optar por la jornada partida, que tiene 28 sesiones —no todas tienen la misma duración—, o la jornada única, que contabiliza 30 sesiones de 45 minutos. Las dos de más se dedican a Lengua Castellana y Matemáticas.

En 2005 se pasó a cinco sesiones de Inglés, mientras en todas las comunidades eran tres. Ciencias perdió una y Arte, otra.

A partir del 2010, los distintos gobiernos metieron con calzador unos zapatos de horma inglesa, PAI, que está llevando "por el mal andar" al sistema educativo en Navarra. El alumnado que calza PAI tiene una suela de cinco sesiones de caucho inglés y siete de cuero de vaca, raza Jersey, para caminar por las matemáticas, las ciencias y la vida como si fuera del mismísimo Westminster.

A falta de argumentos pedagógicos, los expertos y expertas en la txistorra al curry insisten en que, por obra y gracia del arzobispo de Canterbury, el alumnado que estudia inglés cinco sesiones a la semana puede estudiar todo lo que se le ponga por delante en inglés, seguir la BBC, leer The Guardian, escribirle una carta a Carlos III, declamar un dramático "To be, or not to be, that is the question" delante del espejo o, si no da para tanto, invitar con un "relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor".

Va a ser que William Shakespeare las veía venir cuando, en su obra Love's Labour's Lost (Trabajos de amor perdidos), puso en boca del rey de Navarra, Fernando, la frase: "Navarre shall be the wonder of the world" ("Navarra será la maravilla del mundo").Esta fanfarronada la soltó para animar a unos patrióticos caballeros a que se retirasen de los placeres mundanos, ayunasen y no viesen a ninguna mujer durante tres años, con el único fin de dedicarse al estudio y la contemplación. Este proyecto se fue al traste cuando llegaron a la corte unas francesas.

Creo que los estudiosos del Bardo de Avon tienen razón cuando dicen que Fernando es Enrique III de Navarra (IV de Francia y primer monarca Borbón). William y Enrique fueron coetáneos y Enrique, ya desde su etapa como III, tenía fama de rodearse de sabios. Era tan listo que largó la frase "París bien vale una misa". El aspecto borbónico de no resistirse a los encantos femeninos cuadra perfectamente.

Con esta pluralidad nos encontramos con adolescentes de quince años afrontando un examen en el que no se juegan nada. Las mismas pruebas de Matemáticas y Lengua las afrontan alumnos y alumnas que han estudiado cuatro, cinco, seis o siete sesiones, según les haya tocado. Y las pruebas de Ciencias, alumnado que ha estudiado las cuatro sesiones en inglés junto al que las ha estudiado en castellano. El alumnado de modelo D, por su parte, hace todos los exámenes en euskera.

No sé por qué se le da tanta validez a un examen si, cuando éramos estudiantes, lo poníamos en duda. Y, si no nos jugábamos nada, las respuestas podían figurar en la antología del disparate.

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