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Desorientado en oriente

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En todos los sitios hay cosas que merece la pena ver, pero en todos los sitios, incluso esas cosas, si las comparas con otras de otros sitios, no son gran cosa en su magnificencia, en su sencillez o en su belleza incomparable. Lo que para los del lugar puede ser una bandera para los de fuera puede ser un trapo o, como mucho, un lienzo. De la misma forma, cosas que par los autóctonos son intrascendentes y carecen de atractivo alguno, para los foráneos son llamativas, únicas y generalmente auténticas. Esto último es lo que hace que los residentes en el lugar miren a los turistas con asombro y con toda la razón del mundo, de su mundo, piensen que están, estamos, como putas cabras. Aunque bien es cierto, no precisamente en Laos, que algunos se terminan convenciendo de que las chorradas esas que nos llaman la atención pueden ser fuente de ingresos y se ponen, como locos, a representarlas o producirlas hasta que pierden su valor. Haciendo caso de Planet nos dedicamos a visita...

Monje forofo

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Con la tontería esa de que ya que estamos aquí vamos a ver el renombrado Parque Buda, en la estación pillamos un autobús de línea bastante nuevo que hacia el recorrido hasta el parque. Cuando ya nos habíamos hecho a la comodidad y lujo asiático del bus, el chofer nos indicó que ya habíamos llegado. Nos bajamos sorprendidos porque nosotros pensábamos que tardaríamos una hora y pico. Estando allí, un poco en la nada, cerca de un gran parquin y con un edificio con buena pinta, se nos acercó un hombre flaco y estrafalario. Buda, buda -nos gritaba señalando un tastarro de microbús. Pues nada, venga, a la tartana y rumbo al parquecito. Nada más arrancar pudimos apreciar por nuestro sensor corporal que se había acabado el asfalto. No merecía la pena circular por aquellos andurriales con un bus nuevo porque iba a durar poco. El camino, muy ancho y recto por el que circulaban camiones en los dos sentidos, cursaba paralelo al Mekong y a una llanura de arrozales. Las casas del camin...

Vientián

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La capital de Laos me resultó muy acogedora. Una ciudad tranquila hasta decir basta,   que deja pasar las horas languideciéndose entre los frondosos árboles que la pueblan y que se socializa a la luz de las largas puestas de sol. Vientián se puede recorrer muy bien a pie o en tuk-tuk, sin prisa. Es llana como una mesa de billar. Las calles adyacentes a la ribera del Mekong son las más comerciales. Cantidad de hoteles, restaurantes de todo el mundo, bares, monasterios, templos budistas y una caterva de palacios y mansiones de estilo colonial que albergan las embajadas y los ministerios. Paseando por allí, nos percatamos que en uno de esos palacetes con amplios jardines y altas tapias había policía en la puerta y como mucha animación. Nos acercamos y, toma ya: la embajada francesa y catorce de julio.   A punto estuvimos de meternos en el sarao pero no íbamos con la ropa adecuada y los de la puerta nos miraban mal (con envidia, pobrecicos). Cerca del hotel, a unos tr...

De Vang Vieng a Vientián

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El bus tenía pinta de haber dado lo mejor de su vida y más. Las portezuelas para guardar el equipaje no se abrían y tuvimos que subir las mochilas arriba. Por nuestra cuenta decidimos colocarlas apiladas en dos asientos de la última fila ya que por el pasillo ya había un ventilador, sacos de arroz y unas diez banquetas de plástico apiladas por si fuera necesario ser utilizadas como trasportines. Los asientos eran corridos para que se pudiesen sentar tres personas nativas cómodamente. El acolchado del culo del asiento, si lo hubo, fue cosa del pasado coreano que el bus tuvo antes de ser entregado a Laos por una ONG. La puerta de emergencia, así lo ponía en el cristal, estaba soldada y donde debería quedar un espacio para salir por ella, se había colocado otro asiento. Las barras para agarrase las personas que van de pie, servían para colgar alfombras y tablas. En un intento de colocar bien el culo del asiento se me cayó al suelo. Pensé que me lo había cargado, pero las risas ...